24.4.07

SIN CABLE A TIERRA (2005)





















A MIS IGUALES

Ustedes, solitarios por elección, que conocen la diferencia entre estar solos y ser 
      soledosos;
que no confunden alegría por multitud ni silencio con no saber expresarse;
que no dudaron en matar al hastío porque siempre hay cosas por hacer 
y guardan las nostalgias en frasquitos que destapan cuando necesitan recordar y no 
       para que las tristezas los devore;
que aprendieron que el amor tiene más que esconder que mostrar, sin que esconder
       signifique avaricia ni mostrar darse  íntegros;
que blindaron su existir contra la mediocridad buceando en mundos interiores,
pero que no oponen resistencia cuando la vida los horada, los quema
      con los dardos de la realidad;
que han aprendido a decir no –muy a su pesar– luego de tantos sí desperdiciados;
que aun pudiendo responder con mentiras a la mentira dijeron la verdad y 

       los crucificaron con sus propias convenciones;
que saben que poesía puede ser tanto grito o palabra reflexiva a condición de 
      que nazca legítima desde lo verdadero;
que se niegan a dar a quienes no saben recibir, porque aquellos que sólo esperan 
      dádivas han anulado todo esfuerzo;
que de tanto apurarse llegaron antes pero mal y de este modo comenzaron 
       a valorizar la espera;
que se dieron a soñar “sueños posibles” después de dilapidar esfuerzos en

       sueños irreales;
que no renunciaron al hombre nuevo por más que otros lo hayan traicionado;
que entienden que un siglo es sólo parte de la historia y no toda la historia,
y que hay que dar un paso atrás para dar dos pasos adelante.

Ustedes –únicamente ustedes– son mis iguales.




LEGADO

Voltear un árbol no significa haber talado el bosque,
quemar la copa no es matar la raíz;
el viejo tronco cae a tierra con su historia
pero los retoños han hecho suya la esperanza.

Las utopías reverdecen con nuevas fuerzas,
señalan con sus ramas jóvenes de futuro
a los traidores de la humanidad
que pretenden extender por decreto
el certificado de defunción de las ideologías.




SEGUIR CON NUEVO RUMBO

Con ojos viejos ver lo nuevo que amanece.
Con gastados dedos tocar lo recién florecido.
Con los oídos limpios del crepitar de otras hogueras escuchar el fluir de serenas aguas.
Con pies calientes de hollar caminos transitados pisar sendero virgen.
Con manos cerradas después de tanto abiertas nuevamente ofrecidas.
Con ventanas clausuradas con clavos del ayer despejadas a la luz de esta hora.
Con la esperanza que sobrevive entre desperdicios de incertidumbre.
Con los sentimientos, guardados como un avaro de sí mismo, jugados a una última carta.
Con el ser dos cubierto por el polvo del olvido, ser uno más el otro, limpios de antes errados.
Con la vehemencia del deseo como una espada victoriosa.
Con el amor guardado en su estuche inviolable listo a usar encontrada la llave.
Con la premura juvenil derrotada por la madura adultez, consciente del valor de la espera 

      cuando menor es el tiempo que resta.
Con palabras duramente aprendidas que debieron olvidarse porque ya nada significan.
Con la certeza de lo efímero pero con voluntad de proseguir tras la permanencia.
Con alegrías y tristezas siempre a partes iguales; pero con sol, sangre a puños, y con vos.




*

La poesía es el vino del diablo.                                                                                 
San Agustín


Hay demasiada poesía inofensiva,
un exceso de palabra cáscara,
de versitos chatarra.
Falacias en líneas desparejas,
claves del círculo cerrado,
delectación de grupos áureos.

En tanto los que pudrieron el siglo ya muerto
se aprestan a infectar el que comienza.

Por cada hombre que grita, cien cayeron.
El cambio que no fue merece un nuevo intento.

La voz del poeta debe empujar con todos,
vibrar enraizada en su tiempo.

Despierte la poesía como espada,
piedra filosa,
dientes en el alma.




*


Por cada niño de country cerca de algún sueño,
diez chicos de la calle aspiran pegamento.

La alambrada,
segura para el que juega adentro,
infranqueable para el que sufre afuera,
pese a sus férreas púas sólo es ficción.

Ellos no lo saben.
Sólo los adultos duermen con un ojo abierto.




LLUEVE

Clava puñales de odio líquido el agua
en las paredes de cartón.
Los destechados muerden lluvia.

Mientras los míos están a buen cobijo,
sin hacer nada me digo qué hacer,
cómo podríamos,
y amontono palabras inservibles,
olvidados que nunca las leerán
mojar de frío su temblor,
asesinan lágrimas,
resisten la intemperie.



GORRIÓN DE SEMÁFORO

Con luz verde de apuro
limpia los parabrisas
de los mismos que ensucian su vida.

La moneda indiferente,
el gesto hosco,
son parte de la paga.

A este chico le extraviaron el niño,
le perdieron la infancia;
enmascara con sonrisas prestadas
la realidad que pisotea su lágrima.

A este pibe sin lápiz,
ausente en los recreos,
le condenaron todos los posibles,
menos el de su nada.

Cuando el vidrio refleja su pena
tiene ganas de matarse los ojos;
qué no daría por morder su desgracia.

Pero esto dura el tiempo del semáforo.

La luz roja lo tira a la vereda
hasta el próximo verde sin futuro.



EL VIEJO POETA

Con su antiguo bagaje
transita caminos nuevos.

Como ayer se adentró en solitarios senderos
a buscar su decir,
a aflorar sentimientos que habitaban sus vísceras,
a sacudirse y sacudir
con palabra emocionada,
con dolor –sí– pero con cuántas ganas.

Y aún entre tantos muchos
acompañado por su soledad,
el viejo poeta sigue yendo
–pese a estar de vuelta–
como un desafío del asombro,
jugado a un futuro que no verá pero sabe cierto
–pese a las contramarchas del hombre que tarda en aprender–,
cuestionándose todo
a un paso apenas de la nada.




DYSTOR

Tenía agujereados los bolsillos del alma
por donde perdía monedas de tristeza,
vuelto flaco de esa última vez
cuando compró un olvido y dos o tres ternuras.

Se metía en el bar como quien vuelve al útero;
rescataba del piano
los últimos colores de la luz del sonido,
fuego pálido que apenas lo entibiaba.

Pasó con urgencia de vida, de tormenta,
¿pero quién sobrevive sin tocar tierra nunca?

Un día descubrió la soledad en medio de su viento,
se fue con ella y lo perdimos.
Él, que era música,
se suicidó en silencio a ráfagas de alcohol.

Ahora que lo recuerdo tal vez esté tocando.



ALBERTO GONZÁLEZ

Te descubrí Conesa de nostalgia
con versos a destajo, un vino alto,
encumbrado, heridor, sobresaltado,
en equilibrio al borde de la nada.

El amor repartido entre dos barrios:
de Almagro con baraja y luz de estaño;
de Núñez, por extraña recalada.
Mas porteño cabal en lunas pálidas,
los nocturnados gatos en sordina
viajero de las últimas cornisas
sabían sonreírle a tus heridas.

Para sentirte vivo en tus zapatos
esquinaste el dolor a contraverso
nacido entre guitarra y madrugtada.

Un gris de tarde Balvanera y última
vaciaste el corazón, te diste el gusto:
compraste a la vida tu tiempo que faltaba
y le dejaste el alma de propina.




A RUBÉN CHIHADE

Justo vos, sin apuro para nada
–menos para junta esperas inservibles–
cerraste la vida de un portazo,
abriste el espejo a la nada
para mirarte ayer desde otro espacio.

La cosa no era así; te tomarías tu tiempo.
¿O no lo habíamos hablado?
Dueño de todos los permisos
te pegaste el faltazo a vos mismo,
desacompañaste a tu sombra.

Volvé a ser vos: desapurate.
¿Cuál es la urgencia?
El vacío no es más que espera acumulada.
Ahora ya lo sabés. Pegá la vuelta;
vení a desenviudarme la alegría.

Dale Rubén, un año es suficiente
para estar escondido en ningún lado.

Me corro hacia un costado de la vida,
le doy espaldas a las sombras
y en la pared de mi extrañeza cantame piedra libre.

Sacudite del alma la eternidad vacía,
sacate este silencio que no es de tu medida,
que no logro entenderte y me aprieta el no estás;
vestite de aquí estoy,
ponete un vino,
hablemos de los amores desprolijos
y de la prolijidad de los recuerdos,
de los 60 sin renunciamientos,
de “Bar-Lap” de la mesa acogedora,
los Martes de Poesía,
el Grupo de los Siete,
y el poema,
que aún después de escrito espina y duele.

Antes de apagar los asombros, como nos sucedía,
armemos algún plan irrealizable:
¿quién dice que tal vez no sea posible?



DEL AMOR

Nadie mete la mano en un frasco y extrae de allí el amor;
no es confitura envuelta en delicado papelito plateado.
El alto oleaje de la vida no escatima reveses
para probarnos lo contrario.

El amor posee características opuestas a las del agua;
encierra en su núcleo todos los colores del espectro
según la intensidad que uno vuelque en su centro.

Huele a pan recién horneado, o a fruta pasada
si se lo muerde sin experiencia o a destiempo.

Puede ser dulce empalagoso
o resultarnos de amargor más denso que la hiel.

Y es lo más parecido a las regiones sísmicas:
sus fallas son altamente inestables.




ENCONTRADOS

Somos los encontrados,
los que nunca se buscaron porque no se sabían,
los que no se sabían
porque el amor andaba con su allegro vivace
musicando la vida de los demás felices.

Pero él no supo de nosotros
hasta el momento del encuentro,
lugar preciso en tiempo y forma conjugados
–ninguno de los dos pudo preverlo–
para que coronara con delirio su búsqueda.

No se puede correr tras el amor,
serán intentos vanos;
no daremos con este escurridizo
que está en todos lados y en ninguno,
se reparte en fragmentos en cuanto nos rodea:
puede ser un susurro en voces que se alejan,
la brisa del perfume de alguien que ya ha pasado,
un ligero temblor en gestos que nos rozan,
o una vibración imperceptible en la mirada
puesta como al descuido sobre unos ojos que nos cruzan.

Sólo cuando al acaso, sin querer ni pensarlo
aparece ese otro al que no hemos buscado,
el amor se desfragmenta,
reúne lo vital,
su cuerda insensatez,
lo inusitado,
su tierno desparramo,
se corporiza y logramos tocarlo.

Es el amor entonces el que nos ha buscado;
el amor, sí posible, a condición de que antes
haya dos desconocidos encontrados.


*

No llegues nunca a meta alguna: mantente en el camino.
Si se diera tu arribo a donde lo quisiste porque grande fue el impulso,
con ese primer ímpetu que pusiste en tu empeño,
vuelve a partir, aunque debas desandar lo recorrido.
Adéntrate en senderos que marque nuevos objetivos.
Que tu repetición sea la interminable búsqueda
hasta consumir tu fragmento de luz en la tierra.




REPARACIONES

Si algo se descompone lo pruebo una vez
y otra vez más vuelvo a probarlo;
si no lo desnudo,
lo destripo hasta que lo compongo,
o lo desarreglo y no lo vuelvo a armar.

Así con todo:
con los transistores de la radio,
con algún libro desencuadernado y polvoriento,
con el mouse que se llena de pelusa,
la canilla que gotea,
el teléfono mudo;
si los reparo es Waterloo,
si no tienen arreglo no hay tragedia.

Con el amor procedo igual:
si anda mal,
si se le desactiva la alegría,
si se percude sin motivo
y no por falta de cuidado se le oxidan las sonrisas,
si ya no le funcionan los besos ni aun extremando las caricias
y hasta los silencios chirrían,
entonces lo desarmo,
ajusto los invisibles botoncitos que sirven para encender la vida,
aceito con cuidado los engranajes cotidianos
e intento componer algún fragmento de asombro que todavía no trituró la rutina
Si lo reparo lo echo andar hasta que dure,
si no va más, lo pongo en un poema-paquetito,
lo envuelvo con tristeza,
le hago un moñito de ternura y lo entierro en el alma junto a otros amores,
algarabías que fueron,
olvidados nombres,
antiguas emociones ya sin sacudidas,
marchitas ilusiones
y no pocos temores,
porque no dispongo de tiempo para insistir en lo imposible
ni me sobra lugar para amontonar cosas inútiles
que pesan demasiado para arrastrarlas por la vida.




VIEJOS RECUERDOS

Tengo más cajas repletas de momentos sin vida
que lugar donde archivarlas;
por eso algunos recuerdos
andan desparramados por el hoy;
a veces, al tocar cosas vivas,
no puedo evitar sus cuerpos fríos.

Necesitaría un rincón más amplio,
hacerme de más sitio
para guardar entonces,
casi olvidos,
muertos instantes,
pedacitos de alegrías que fueron.

Pensándolo bien,
sería más sano tirar todas las cajas.



65° ANIVERSARIO

Uno transita su camino sembrando aquí y allá,
recoge si el tiempo fue benigno,
vuelve a aventar semillas en la estación propicia,
aguarda esperanzado la nueva cosecha.

A veces, con frutos un tanto ácidos, recogidos con premura,
temerosos de la imprevista intemperie que puede marchitarlos,
alimentamos de distinto modo cuerpo y espíritu con igual fruición
después de templar esfuerzo y espera con similar paciencia.

Luego un día, casi sin darnos cuenta,
irrumpe el Tiempo en medio del camino –salido vaya a saber uno de dónde–
y nos pone 65 años encima, así como así, todos de golpe,
como veintitrés amonestaciones límite,
a un paso de ser expulsados del sitio de la humana reunión.

Y uno quisiera encomendarle al Tiempo
que le pregunte a la Vida si se trata de un premio o un castigo,
porque lo más grave que recordamos
es haberla vivido a destajo.

______________

PAPELES EXTRAVIADOS VUELTOS A HALLAR (2001)
























PERE-LACHAISE

Hay sol,
la luz salta y rebota de las piedras al verde,
de las matas florecidas al pleno color;
el otoño que empieza a inaugurar los ocres
no logra todavía disciplinar el gris.

A cada paso alguien me sale al encuentro
como si yo fuera un familiar
–con un enorme ramo de flores– que viene de visita.

En la entrada no más me saludó Alfred de Musset;
algo me comentó sobre la Confesión de un hijo del siglo,
y de un capítulo que no quiso incluir;
luego me indicó que su amigo Chopin está cerca de allí.
Cuando ya me alejaba tiró una pregunta: “¿el romanticismo, prendió?”

La tumba de Abelardo y Eloísa
góticamente gastada por el tiempo
es melancólica como las cenizas del olvido.
¿Pero ellos, descansarán allí?
De tarde en tarde es posible sorprender a novísimos amantes
pactando sobre la corroída piedra algún amor eterno e inviolable.

Modigliani da tregua a su delirio de pasiones y ajenjo junto a Jane Hébuterne;
ya es célebre; no le hablen de pintar.

Sobre la tumba de Colette hay un ramito de margaritas frescas:
seguro que Claudine acaba de dejarlas allí.

Y usted, don Juan Bautista Alberdi,
cerrar los ojos tan lejos de su casa –de su florido Tucumán–
¿cuándo echó dos vueltas de llave a su mausoleo parisino y se mandó a mudar?

Oscar Wilde me dice que prefería la humilde tumba
donde su portero dejo aquella corona “A mi inquilino”,
a esta esfinge de piedra que le impide volar.

Lejos de todos, escondido,
escapando todavía de sus acreedores, descansa Honoré de Balzac.

A Marcel Proust ya no lo ahoga su asma nocturna pero igual cierra todo;
enciende la lámpara; abrigado e inmóvil escarba en sus recuerdos con apretada letra
buscando un tiempo perdido (¿o recuperado?) que ya no habrá de terminar.

En la tumba de Piaf no había nadie.
–Es raro–, me dijo un cuidador.
Pero no habíamos escuchado en el árbol más próximo un gorjeo de gorrión.

Maestro Ingres, usted tan austero, tan serio:
¿justo aquí se le ha dado por tocar el violín?

Cézanne –modesto y necesario como el pan–
prefiere hablar de Zola, se niega a hablarme de él;
le digo de la importancia de su obra,
me mira, mordisquea una manzana, y se larga a reír.

A Molière no logré verlo:
estaba en su retiro campestre junto a la condesa de Noailles y La Fontaine
comentando acerca del teatro de Beaumarchais.

Gertrude Stein:
¡qué sorpresa
encontrármela aquí!

Ya de regreso, envuelto en una suave brisa,
entré al molino a invitación de Alphonse Daudet.

Volví contento, después de saludar a tantos amigos,
mientras caía la tarde por la rue du Repos.
Muy pocas veces me sentí tan bien.

“El cementerio del Père-Lachaise está vivo”,
recuerdo que pensé.



7 DE LA TARDE EN LA GARE DE L’EST

Los ómnibus y el métro depositan ingentes cantidades de cansados,
grandes paquetes humanos que corren hacia la paz de la banlieue.

Los amantes se despiden con los ojos cansados pero el cuerpo como de viento
en el cruce del boulevard de Strasbourg y rue de la Fidélité.

Un motociclista cruza con semáforo en rojo en su destino de 
joven suicida.
Un grupo de negros dialoga en su lengua tribal.
Un ex combatiente lisiado murmura groserías sin dejar de escupir.
(¿Habrá perdido su pierna en la Resistencia o en un vulgar accidente menor?)

Un contingente de turistas-fuera-de-zona con rostros demudados
hace gesto de desesperación.
Una pareja adolescente se eterniza en un beso 

como si acto seguido fuera a morir.
El argelino con su botella de vino envuelta en diarios
zigzaguea hacia su cuarto de pensión.
Madame aguarda con paciencia a que su perro haga sus necesidades;
uno de los tantos perros consentidos, mimados, siempre bien cuidados
por los vecinos de la Ville de Paris.

Grita un diariero.
Corre aullando sirena una ambulancia.
Ulula un patrullero buscando espacio abierto.
Un niño es arrastrado por su madre mientras gasta su chupetín a lengüetazos.

Anochece.
El cielo no quiebra la llovizna que comenzó hace un mes.

La estación fagocita viajeros silenciosos;
todo es un sostenido monólogo interior.

Nadie me mira.
Tengo la sensación de ser un dinosaurio con corbata
que intenta ver la luz de sus hermanos
en la Ciudad Luz.

París es una alienación cotidiana como Tokio, Buenos Aires o Nueva York.
Las siete de la tarde contagia la misma locura en todo el mundo,
¿por qué debo esperar que esto sea mejor?

Necesitaba pensar en algo hermoso:
me fui pensando en vos.



TERAPIA INTENSIVA

No sé la soledad que llevo
en esta asepsia de terapia intensiva.
Nada me sirve. Nada.
Ni soñar largos viajes,
ni proyectar mi casa junto al rumor del mar,
ni creer por un instante
que mi vida existe sólo porque la pienso.
Sin embargo qué fácil
para que todo me sirviera,
sólo con acercarte a este ser en hastío,
junto al lecho de muerto en el que desespero,
arrancaras la sonda
que instila la rutina
y en su lugar pusieras toda la vida en serio.



DE EXAMEN

Todo lo que hoy te puede salir mal
seguro que mañana saldrá bien.

Por eso si esta tarde
tu buena estrella se comporta como una niña indócil
que al llamarla juega a las escondidas,
no le des importancia;
cuando caiga en la cuenta
que por más que se oculte
vos seguís como si no pasara nada,
saldrá de su escondite cansada de esperar,
mudará de carácter
y marchará a tu lado, apenas dos pasos adelante,
culposa, sin mirarte, mansa.

Te espero confiado en tu victoria,
deseando que llegues y te sirva de tregua,
ojos cerrados, suspiro de ya fue,
vaso de agua,
oasis en medio del Sahara.

No importan los parciales: dos o diez,
igual te aguardo
con un íntimo ramo de ternura.
Pase lo que pase, mi amor te espera en casa.



HASTA QUE LLEGA PIAGET Y ME LA LLEVA

Todo está bien hasta las 19;
hablamos hasta aquí
de nuestras cosas
que no están en los textos,
de todos los después
que al no encontrarles clave
resolvemos a besos.
Y un minuto más tarde aparece Piaget
y nos miramos en silencio.

Muy bien, doctor, muy bien,
aquí está, se la dejo,
pero sólo para que le enseñe la teoría libresca
de la praxis que llevamos dentro.

Mañana, con la vida, pasaré a buscarla.
No me la deje lejos.

*

La vida no es jardín ni huerta:
apenas tierra desierta.
Depende del empeño y el amor
que ponga el cultivador.

Tras esfuerzos denodados
y cansancio renovado
podrás ver los resultados.

Y ya cerca de morir,
por tu tesón y paciencia
recogerás lo sembrado:
la experiencia de vivir.

Será el fruto más preciado
que al germinar te habrá dado
la semilla de existir.


BUENAS TARDES, TRISTEZA

Hay una tristeza blanda
que a veces llega
a eso de las cinco de la tarde,
entra por la ventana
de verdes diferentes
que el Sol ennoblece con su luz,
y no resulta extraña esta presencia iluminada
que cobra vida sin haberla nacido
a una hora inusual para estas cosas.

Cuando se han franqueado las jóvenes fronteras,
cierta melancolía sucede sin instante preciso
y desovilla el tiempo
que deja correr en nuestras manos
recuerdos de contornos desleídos,
débiles ecos de exaltaciones apagadas,
opacados reflejos
de la plenitud de otras horas,
en cantidad y calidad según se haya atesorado.

No hay un momento exacto,
pero ocurre,
porque el verano puede tener sus aristas de otoño
como golpes de invierno sobresaltar la primavera.
Uno es también la acumulación de todos sus instantes,
y así sucede que es posible
vestirse de hojas mustias en noviembre.

Deambular en otoño
–furiosamente agónico de todas las ausencias–
bajo frías hilachas de garúa en la bruma de parques solitarios,
asumirse sin ángel,
amar sin ser amado y aún tener esperanzas
y elegir la tristeza por toda compañía
siempre serán patrimonio de la adolescencia,
puerto de la vida que dejamos lejos,
ahora que navegamos hacia una orilla cierta.




9. 2. 84

Le diste cuerda a mi alma un jueves nueve,
le aceitaste los ejes y las ruedas
y la pusiste a andar para que pueda
seguir hacia delante, porque aún debe
estrenar un poema sin pasado.

Yo te ayudo a crecer; vos ayudame
a no volver al antes cuando llame
algún entonces que creí olvidado.
Así, entre los dos, creo posible
lograr el cometido que llevamos:
vos a correr la vida que te inicia,
yo a ser hombre cabal y perfectible.

Acompañame, Nico, aquí empezamos.


*

Mientras dormía a mi hijo en la penumbra terciopelo de su cuarto,
el alba despertaba detrás de los visillos
como si el siglo por llegar, a hurtadillas, me espiara.

Desde que él está interrumpí el monólogo;
le dije susurrando: esta claridad es el mañana que despunta,
cuando su luz se halle en el punto más alto de tu vida
acaso ya no esté,
pero recuerda que defendí su resplandor desde mi grito.

No olvides a los hombres que dejaron su aliento
por un mundo mejor que aún se demora.
Junto a los iguales de tu tiempo
será tu deber insistir en la misma esperanza.




*

Cuánto poquito voy a dejar, amigos:
algunos versos,
un montón de ganas,
una vida vivida con fervor,
otra que dejé para mañana.

Todas muy poca nada
las cosas
que sin darme cuenta
en un rincón fueron amontonadas.

No perduré ningún amor
porque ningún amor fue terminado;
que me perdone este amor
que ahora se demora a mi lado.

No dire: dejo un hijo,
porque le pertenece a la vida;
ella nos lo presta un instante
para sentirnos menos desgraciados.

Antes de irme
dejaré mi sitio limpio de proyectos,
para que otro lo ocupe
con su sangre y sus ganas;
me llevaré mi muerte
–reverso de la vida–
que a nadie ha de servir
y traje de la Nada.

No diré adiós,
bastará con mirarlos.
Me iré en silencio,
como corresponde
a los que están de paso.



*

¿Huyó la juventud, sin despedida,
o murió sin tiempo para el duelo?

Quedan rastros visibles,
algunos delgados y borrosos, marcas
de imperceptibles huellas de alegría,
densos los más, profundos como
la pisada de una bota de guerra
que hunde en el barro su carga de tragedia.

Aliento por un largo trecho a recorrer
–no vislumbro resplandores de oscuridad final–;
a partir de aquí lo andaré solo,
con mi bagaje de todo lo aprendido;
me despojo sin pesar
de lo inservible que arrastré como lastre.

Por lo que reste: sin ilusiones vanas,
sin mentiras falsamente adornadas.

Se fue mi juventud
sin la húmeda sombra de la lágrima,
sin que lo notara.
Ahora el sol se demora, tiene grietas;
de todos modos, vida, bienvenida seas.
Siempre.


*

Cuando vuelvo
a los días inmóviles,
cristalizados,
nada de lo que toco
responde,
nada de cuanto sacudo
vibra;
sólo mi sombra
estremecida
en los rincones del olvido.

Despierto en sobresalto,
retorno
a un presente de dudas,
de cansancio,
de negaciones y fugacidad
y digo: ayer fue;
un segundo hacia atrás
adelanta la muerte.




ESOS DOS QUE VAN CONMIGO

El niño que permanece a mi lado
se prodiga en morisquetas al pasar frente a cualquier vidriera,
con sus manos sucias me hace cuernos,
o a diez dedos imprime su impiedad
en los pulcros espejos de brillantes ascensores,
me invita a burlarme de atildados ejecutivos descartables,
debo apartar con rapidez de autómata
la traicionera cáscara que arroja al paso del apurado que no falta;
incorregible,
siempre me pone en estos trances.

Lo mismo ocurre con el adolescente de mi otro costado:
lo reconvengo
para que no hable a gritos
ni intente contar cuentos en velorios a los parientes más cercanos,
o se empeñe en seducir a la prima solterona de la novia
en casamientos donde apenas si fuimos invitados;
le detengo la mano
a punto de escribir el nombre de su amada
en un árido pizarrón de secundario;
me sobresaltan
su nihilista aerosol de grafitis subversivos,
su culto a lo bizarro,
la Fender desbocada a todo trapo;
cuántas veces debí borrar de afiches
de embusteros políticos pulcramente falsarios,
barba y bigotes grotescamente dibujados.

Así desde siempre son estos dos impredecibles
que cagándose de risa van conmigo a todos lados.

Dicen que para crecer hay que matarlos,
no es de adultos soportar sus imprudencias.
Mas no le presto oídos a consejos de mal aconsejados,
descreo de palabras cuadradas,
de gente de rostro bilioso de color amargo,
me cansé de severos para nada,
de ordenados según quién se los mande:
gerente, comisario,
insoportable esposa,
o un, dos, tres, de frente: ¡marchen!;
de misa los domingos y lunes de lascivas miradas.

Los que asesinaron a su niño intempestivo,
crucificaron a su adolescente
luego de traicionarlos,
van con su agriada adultez,
la corbata fósil sobre la falsa importancia acartonada,
y su cópula fláccida, quincenal, mejor nada,
boludamente insípidos
haciendo agua en su destino de chatarra.

No digo que sobrevivir sea una jauja
ni que por sonreír el poderoso abra sus arcas,
no se trata de eso,
sino de saber qué alegría naufraga
cuando se decapitan sueños
o las postergaciones los aplastan.

Los homicidas de sí mismos no se interrogan nunca
sobre lo vital traspapelado;
la autocrítica siempre será zona vedada.
¿Cómo asumir entonces el autocrimen perpetrado?
Para arrastrarse hasta el final del túnel
sólo con mentirse les alcanza.

Cuando lo único que se posee es su enfermedad,
cada enfermo la cuida como un bien de salud.
Pero se paga.
_________________

DOMINGO PANADERO (1999)













*
(11/4/82)


Cayó sobre el jardín; su última almohada
fue de césped y otoño. Abril llegaba
con lentitud de herrumbre, marchitaba
una brisa de estío demorada.

Lo presiento feliz en el momento
de color de quietud definitiva.
(¿Estaría allí mi madre –fugitiva
de otra dimensión– para el encuentro?)

Su final se perfila alegoría:
como vivió en la luz partió temprano,
comiendo pan –amigo de sus manos–
nacido de su paz y su alegría.

Mi padre, mi mejor, el bueno obrero,
mi Domingo del alma panadero.



*
(La otra panadería)

Dejaste que el patrón bajara la persiana
como en día feriado
y fuiste por tu changa a otra panadería.

Ya no amarán tus grandes manos
la harina del pan de los mortales;
desde hoy es distinto:
con tu mandil de bolsa blanca
y tu vino escondido entre las nubes
amasarás el pan para los ángeles.



*

(Desquerer)

Cuando te desquería
naufragaba en un odio profundo por mí mismo
porque ignorabas ese otro sentimiento
que rompía las compuertas de mi ira más recóndita
y soltaba a tus playas mis mareas oscuras;
aguas que ni rozaban las tranquilas orillas de tu vida;
antes de llegar se habían aquietado,
estabas libre de mis salpicaduras.
No sabía agitar mi pequeña tormenta
o no podía contra tu amor, más grande.

Ahora lo sé desde el mismo lugar que ocupaste;
mi hijo continúa el juego
en el mismo sitio que fuera mío antes,
y el ciclo se repite:
su turbulento desquerer viene hacia mí
en oleadas que no logran tocarme
como las mías de entonces nunca te alcanzaron.

Así ensayan una vez y otra más –hasta aprenderla–
esa forma de amar, que es querer sin saberlo.



*

(Sincronía)

Intentando descubrir los juegos
que mi hijo nombra en su íntimo idioma,
te vi venir, papá, cruzando el patio
cuarenta años atrás en el recuerdo,

al tiempo que armaba con sus cubos
una babel multicolor y perfectible.
Vos estabas por la pileta grande
a dos pasos apenas del umbral de la pieza,

mientras él coronaba su abigarrado invento
con un camión pesado que apresuró el derrumbe.
En la mesa dejaste tu pan y la sonrisa
y acomodaste tu cansancio junto al vaso.

Nicolás vino a mí –olvidado su juego–
me abrazó las rodillas, dijo papá, riendo,
en el preciso instante de encuentro de destinos
que corrí hacia vos: Buenos días, papá.



*


Todos los jubilados se parecen en la buseca gorda de los mediodías;
vos también tenías algo de ellos: en el vino tinto,
el toscano mordido y cenizas sobre el pantalón,
en los diálogos surrealistas
con que pretenden arreglar el mundo,
mientras el tiempo roe los minutos
que escurren hacia la alcantarilla.

Esto ocurre, papá,
comiendo solo en una mesa pobre de arañado hule
acribillado por extinguidos puchos,
de una fonda aún más pobre todavía,
donde el hambre llega y se va con hambre
(no más que ver el gato que subsiste sólo de puro estoico);
pensando en vos, almuerzo frente a un anciano sin paloma
empeñado en devorar su poco guiso a golpes de gastadas encías.

Levanto en silencio el ordinario vidrio,
digo salud papá y yo soy vos que bebe,
porque en un jubilado que se fue sin propina 

y se perdió en la calle con su oficio de olvido,
hoy te volví a tener intensamente.



*

(Deudas)

Te debo cosas tan pequeñas
que por pequeñas son muy grandes, y duelen.

Verte una vez más sin mezquinos apuros;
un ¡te extraño! alarido, sin vergüenza;
la compañía retaceada cuando quedé sin madre:
sólo vi mi dolor, no me acerqué a tu llanto,
permití que una copa ganara mi lugar
y un mostrador te dio consuelo falso.

Te debo el picoteo musical de la Remington
cuando empecé a poner en líneas desparejas
la prosa del vivir en tonos neutros
–emoción, garra, nervio de los primeros versos–.

Te debo mi mano apretando la tuya que alentaba a la mía
y ese último abrazo que aún siento presionar mis espaldas
como el adiós final que te callaste.

Te debo desde el comienzo de la alegría
hasta el vacío de la pena
porque en el medio está mi vida.

Sólo mi muerte –viejo– no entrará en esta deuda.


______________

VIENTO SOLAR (1997)





















NEANT

Palabra gestada con esfuerzo,
volátil un segundo antes
del fugaz instante de eternidad,
casi logrado.

Poema: polvo de nada.



EVIDENCIA

Envejecen las manos antes que las palabras,
mas la juventud permanecerá
mientras creamos
que los frutos prohibidos no lo son,
intentemos devorar
a dentelladas de sol el tiempo que resta.

Es todo.
Lo demás, apenas
si hojas mustias de otros vientos,
retórica.



CÉSAR

Hoy busqué mi Vallejo
entre mis piedras de hambre;
hallarlo fue
más que alegría de aquel mi otro tiempo,
certeza de este hoy presuroso,
tanto que no deja lugar para recuerdos,
así de tan veloz el apurado.

Y allí estaban grito y latido todo uno
en cada verso, en cada
palabra latida con todas las respiraciones
de todas las vidas
que murió
y en cada letra rotunda como gota de sangre suya
en arterias de otros.

¡Ah! si hubiese olvidado sus poemas que me sé de siempre,
no haber sabido de él hasta este día,
en que necesitaba descubrirlo.



NO COMPATIBLE

Con más de cincuenta años de vida caminada,
intensidad de amor
en un asombrado corazón
y las mismas ganas que a los veinte
aquí estoy;
y si esto fuera poco
me enamoro sin cable a tierra
como un adolescente atropellado.
Algo más todavía: la necesidad
de hacer y deshacer
las veces que sea necesario,
la urgencia de crear al infinito
como si la eternidad no me cupiera,
(en este caso eternidad quiere decir la nada).
Y sol tras sol
más la esperanza de otros soles,
este humano subversivo a la muerte,
no compatible con la antialegría,
cada mañana nace para siempre.



DOS

Al descubrirse supieron que albergaban similares temores:
el del fuego en presencia del agua,
el de la palabra frente a los hechos,
el de la ausencia ante el abandono.

Vienen de historias viejas a escribir una nueva –no un
capítulo más–
cuyo final ignoran,
saben que podrán rescribir si aceptan ciertas reglas:
ser de a dos sin dejar de ser uno;
el pasado no existe mas lo llevamos dentro;
no hay heridas visibles, pero palpamos cicatrices;
incluso en armonía suelen reptar las dudas;
no existe amor eterno: sólo ahora y aquí.

Se saben cómplices;
abren el cuaderno, escriben con la vida.


PROPÓSITO

Desprender los antes inservibles
–apéndices inútiles–,
abrir espacios de existencia
a nuevas realidades, otras respiraciones.
(Simple el planteo de intención magnífica.)
Pero cuesta encerrar la niebla del ayer en un cuarto olvidado,
dar dos vueltas con la llave del hoy, decir: ahora.



JORNADA

Apago la lámpara
cuando el trinar del alba enciende el nuevo día.

Una íntima música fue la compañía necesaria.
El silencio arropa a mi hijo
que descansa su alegría.

Trabajé duro esta madrugada
levantando ladrillo a ladrillo la casa de la vida.



RENACER

Garúa en las calles con un saldo de lluvia sobrante de anoche;
un indeciso Sol espía con poquitas ganas.
Mientras camino hacia la vida,
percibo cómo el hoy reduce a cenizas
los viejos huesos flacos del ayer que aún quedaban.



FRAGMENTO DE LUZ

No buscar lo que ya se posee
ni comparar lo obtenido con lo que se tuvo;
no apoyar el hoy
sobre el apolillado esqueleto del ayer.

Gastar la vida desde el ahora
con lo casi nada que se tiene.

Cuando la muerte se nos meta en los ojos,
veremos chisporrotear las ilusiones
entre vestigios de algún fuego que perdura,
débil señal de la felicidad de un momento,
los pasos más firmes que dimos
en esta marcha incierta.



FUTURO IMPERFECTO

Todo se rompe aunque no se gaste,
otras –las menos– se gastan sin romperse,
a la mayoría las rompemos gastándolas.

Rompe el juguete el niño y se queda sin juego.
Rompe la vida castillos ilusorios.
La realidad rompe los sueños,
y el hombre el amor sin haberlo entendido.

Sólo queda el recuerdo de lo que se tuvo,
que jamás corresponde a como en verdad fue.


MOMENTO Y FUGA

Fruto alegre y nutriente,
mi corazón abierto
para que te sirvieras.

Cuando ya no hubo más,
te fuiste de mi mesa
con hilos de jugo en los labios.
En tu huida en las sombras
no viste
todo lo que aún quedaba.

No morderá tu vida más frutos de mi árbol.
Tendrás que alimentarte con tu hambre.



AGUJERO NEGRO

Estar solo ha perdido el estado de gracia
de las arboledas que sacuden los vientos.

Todos los transeúntes que agitan la avenida
pisan sobre mi vientre y caen al vacío;
contemplo los objetos de misterio electrónico
con un desinterés de estirpe cavernaria;
rebotan las bocinas con mortecinos ecos
contra mi cuerpo huérfano ausente de tu aire;
tengo la sensación de ser un astronauta
confinado al olvido en el fondo del mar.

El Sol me entristeció con su alegría
y la mesa de un bar fue santuario y refugio
para invocarte en versos que sólo a mí interesan.

Lo vivido hasta aquí se ha vuelto de neblina;
hasta la eternidad me parece migaja.
Las cosas más queridas comienzan a aburrirme;
dejo para después hasta la sed y el hambre.

Contradicción perpetua la del amor constante:
aun sabiendo que el tuyo es mi mayor certeza,
su momentánea ausencia me desplaza del alma.

Así es como el poema se niega a las palabras:
apenas si consigo garabatear un signo.

Pero nada de esto es la realidad última,
además no es verdad, apenas si el instante
cuando te quiero cerca sabiendo que estás lejos.
Extrañar, que le dicen...




ALLEGRETTO

El misterio del silencio es cómplice
en la madrugada que se prenuncia gris,
con pájaros mojados y gatos en receso.

Con el alma atontada por nuevas emociones
y un estreno de alegría en la casa del corazón,
creceré en la mañana con voz nueva.
Anoche maté los últimos antes
con el puñal caliente de la felicidad.



OQUEDADES

Los amigos mueren ignorando que dejan
espacios descubiertos –baldíos del alma–
donde amontonamos recuerdos –escombros del pasado–
con cuyos fragmentos reconstruimos opacamente
momentos fraternales del luz
en los que nos movíamos libres,
despreocupados de la muerte,
cuando con una mano creíamos tocar la eternidad
y con la otra darle de comer –ilusos– migajas de nosotros.


JUEGO PELIGROSO

Uno viene con la enquistada costumbre
de los dobles mensajes, la leve promesa,
irreductible a dejarse llevar por frases huecas.

Si alguien nos dice amor, casi no creemos
y sonreímos, como única respuesta.

Rumiamos el encuentro; sin creer en lo escuchado
optamos por más sed a la sed, más agua al naufragio,
elegimos cuidar las viejas cicatrices
antes que arrojarnos sobre un nuevo puñal
que acaso esta vez nos hiera de vida, no de muerte,
al abrirnos un tajo profundo de luz
que ese heridor, vital, desconocido,
quiere llenar hasta el desborde con cachitos de Sol,
grandes pedazos de alegría,
alguna que otra locura a más no poder, cosas nuevas.

Pero nos replegamos hacia la soledad,
conocida e inútil como nuestra sombra,
que nos escamotea la realidad con espejismos.



CON OTRA PIEL

Dejé en un bar mi última tristeza
añorando el pasado con las penas;
también quedaron imposibles sueños,
frágiles cáscaras de otras fantasías:
los te espero hacedores de abandono
cuyo luto de alcohol vistió al olvido.
Agua pobre y escaso pan del alma
para mal nutrimiento del poema.

Ahora en la calle hasta me sobran ganas,
tengo sitio de más en la ternura
y el lugar del amor desocupado.
No hace falta buscar, vendrá a mi vida.

Otra vez Buenos Aires me parece
el único lugar de la alegría.



PACTO

Se pacta con la poesía de por vida: hasta la oscuridad.
No hay quien quiebre este pacto.

No testimoniar cada vez que la emoción nos toca
no implica silenciarla:
a veces escribe en nosotros con latidos de sangre
como en un cuaderno palpitante. Y es todo.

No siempre vibra impresa
con ondulado ritmo en líneas desiguales
sus pálidos fragmentos de un momento fugaz.

Se vive la poesía intentando asir su desnudez,
verdad última que el tiempo desbarata;
lo más intenso no se expresará nunca.

El ciclo se repite,
cuando obstinadamente volvemos al poema.



ÚLTIMO TREN

Pasan los días como postes desde un expreso;
hay vagones de desesperanza, inmóviles junto a una vía muerta;
otros, descarrilados por los años, mohosos de angustia,
corroídos por la desazón y el desamparo.

Los que aguardan en las estaciones nos ignoran mientras
viajamos raudos.

Todas las barreras están bajas.
Desde el furgón de cola
vemos cómo el pasado pierde contorno envuelto por la bruma.

Al entrar en el túnel ha caído la noche.
Llegamos solos y nadie nos espera.
El último silbato no es audible.
______________

23.4.07

HOMO PORTEÑENSIS (1993)





















SONETO A BAIRES

Vos sos mía, ciudad, aunque se oponga
tu marido legal: el intendente,
y te amo en cada esquina, entre la gente,
o donde este habitarte lo disponga.

En el tango que busca tu inocencia
para arrastrarte hacia su desvarío,
y en la música nueva, desafío
de luz-color llenando tu presencia.

A veces no venís cuando te espero
–con más ganas de vos que de mí mismo–
para ser tu nostalgia un sólo instante,
porque sabés a muerte que te quiero
aunque a veces lo niegue –por machismo–
y que habré de morir siendo tu amante.



ARTE DE AMARTE

Lo que sé de vos, ciudad querida,
lo aprendí por tus calles, en tus esquinas
y en una magia de palabras
que encendieron tus poetas mayores:
me tocaron con toda tu tristeza,
me colmaron con toda tu alegría.
Jorge Luis Borges, González Tuñón,
Nicolás Olivari, Carlos de la Púa,
me dieron la poesía y la ganzúa
para violar tu puerta más secreta.




A LA CIUDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Y PUERTO DE SANTA MARÍA DEL BUEN-AYRE

Lugar mío, ciudad: sin vos sería una lástima,
perdido entre otros sin voluntad ninguna,
con corazón prestado y sin destino.
Pero siendo tu enamorado desde siempre,
tu fiel sin concesiones,
me siento como una carta íntima
a la espera de un sueño que alguien pondrá en un sobre.


VOS

Ciudad, sos como un cuaderno Avón de tapas blandas
donde las cicatrices de las vías
son desdibujados renglones
donde generaciones enteras
escribieron su amor por cada una de tus piedras,
su desamor por tu reiterada indiferencia,
pero siempre volcando con intensidad
los sueños o la bronca, la desazón o la esperanza
–profunda, porteñamente–
sin pensar en arrancar las hojas
pese a las desprolijidades, a veces, de tu olvido.




(PARA GRABAR SOBRE UN MÁRMOL)

Tu color oxidado de hojalata
no ritmó su caudal para acunarme,
porque la vida vino a despertarme
al oeste del Río de la Plata.

Me trajeron temprano a tus orillas:
en Boedo fui naciendo a la aventura
de amarte a esquina y calle, con la hondura
que conjugan poesía y maravilla.
Y hoy que quemo los últimos asombros
en los cambiantes fuegos del camino
aún se enciende de vos mi amor sin pausa.

Cuando este ser que soy sólo sea escombro,
dirá la losa que cierre mi destino:
“Aquí yace un porteño honoris causa”.




CONGÉNERE

Enlatado en el subte, ensardinado,
tan deslucida su alma como el traje,
va manso a su tarea de engranaje
con vocación de suicida frustrado.

Pensar que ayer nomás era su casa
domicilio del sol; todos reunidos:
charlas, risas, café. Los muy queridos
momentos que vivió ¿tan pronto pasan?

Devorando estaciones ha llegado;
casi hasta respirar ahora se puede
porque otros engranajes han bajado.

En Florida ya empuja y arremete
hasta ganar su espacio. Ahora sucede
que el lunes llega nuevo aunque golpeado
y algarabía no hay más. En la salida
decapita al domingo el molinete,
se pone el traje anónimo la vida.



PREGUNTO COMO BORGES (Y UN POCO A SU MANERA)

Como Borges pregunto: ¿Y los malevos
–semidioses de barro y de leyenda–
en qué arrabal de un cielo de suburbio
sueñan desde ese Olimpo con los turbios
duelos que cimentaron su epopeya?

Como un rosal se marchitó su lengue
bordado con barroco monograma,
ni cenizas quedan de su pucho
que fue como su vida, que no es mucho:
lo que lució el malvón en la ventana.

Bajo cemento corre el Maldonado.
El arroyo Medrano repta ciego.
Hoy ninguno se agranda por Pompeya.
Nadie reta a la Muerte, sólo es ella
quien vistea con recuerdos y pasados.




TRUCO

a Pedro Gaeta

Orejeaba el naipe sin apuro, concentrado,
casi como para una venganza.
Decía quiero en voz baja, sin alarde.
(No lo vi; de esto hace mucho,
pero doy fe de quien contaba.)
Aceptar una flor lo creía mal presagio:
como si dios o el diablo le tuviesen lástima.

No era de tantos regalados,
cantaba 33 de envido sólo si lo azuzaban;
así y todo muy pocas veces perdió un bueno,
jugaba limpio, aunque sin dar ventaja,
no fueran a creer que los sobraba...

Pero un día la Muerte gritó truco;
retrucó (siempre en voz baja);
la Muerte dijo quiero blandiendo el as de espadas,
y como por primera vez mintió,
no dijo nada y se fue a barajas.




A HOMERO MANZI

Si como Shakespeare hubiese escrito Hamlet, Macbeth, Rey Lear,
o como Rimbaud Iluminaciones,
o Salomón el Cantar de los cantares,
o Keats concluido Endimión,
igual que cuando juntábamos figuritas,
te los habría cambiado por un verso de Sur.




CHARLES ROMUALD GARDES

Y fue por tu irte súbito, y la hoguera
que te convirtió en el ave Fénix del Río de la Plata.
De haber vivido, y si conservaras la voz atemporal
que ahora endulza las orejas atentas de los ángeles,
aquí entre nosotros, en tu Buenos Aires querido,
cantarías en cantinas donde nadie escucha,
en programas de TV los sábados por la tarde
para entretenimiento de escolares obtusos
y cualquier gritón desafinado/desaforado
rascando un rock horrible en su Yamaha
creería cantar mejor (¿Carlitos? ¿Quién es ése?).

Pero vos sos Gardel y nos jodiste
yéndote a dúo con la Muerte para seguir vivo;
sabías que no permitimos la genialidad
si no se está a un metro y medio bajo tierra, muerto;
porque de muertos nos nutrimos,
nosotros, treinta millones de nostálgicos
empantanados en el ayer,
negados al presente,
con las puertas cerradas al futuro
por el terrible miedo de cambiar.




A UNA REJA DE SAN TELMO

Ya no hay Amalias enamorando jazmines entre tus arabescos
si alguna guitarra reclamaba
la sombra que una lámpara vestía de temblor en los cristales
cuando el amor sobresaltaba su paloma
entre un novio unitario y un padre federal.

Pero este cancel de verde nuevo sobre óxido antiguo
que se abre a un patio de hortensias y muros encalados,
nos entra a un Buenos Aires de pulperías y candombes
por la puerta mayor de su barrio más viejo.




CONSTITUCIÓN

Sólo la jauría hambrienta del viento
alarga su hocico húmedo por las calles nocturnas.
Los rieles parecen más fríos
bajo los trenes quietos, como un olvido enmohecido que nadie reclama;
la intemperie de julio garabatea remolinos en los andenes,
aúlla en soledad, inconmovible, gélida.

Hace unas horas desalojaron su lugar de estridencia
los fanáticos de la religión estéril,
los fatuos mentirosos de la Biblia caduca y contorsiones de posesos.

La estación huele a fritura, a café quemado,
y hay un calor acogedor de cocina de campo
que los solos que florece el árbol de la impiedad no dudan en recoger;
hasta las voces de los que aguardan la primera formación bajan el tono
para no sobresaltar a los viejos dormidos en los huecos, tapados con cartones,
para no asustar a ese chico que llega por primera vez
–mal cubierto con desamparo la desnudez de su cariño–
a buscar su ración de calorcito junto a la desvelada luz de una vidriera,
(mañana abrirá puertas de taxis y cerrará las de su infancia),
pero esta noche estremecida dormirá su abandono.

De la pizzería, donde ya han volcado sillas sobre las mesas,
con un vino de más –es todo lo de más que tiene–
muy a su pesar se va el último nadie.

Afuera el viento y el frío aprietan sus dientes.

La estación es un enorme corazón humano que ampara las miserias del día.




POMPEYA

a Ana Cerrone


Todavía tiene cercos donde trepan campanillas
y un rectángulo de luz temblorosa
que se escurre sobre las baldosas del último almacén.

Hoy me perdí en tus calles por vicio de nostalgia;
volé junto a algunos gorriones
entre cornisas y fragmentos de entonces.

Sáenz rebota luz y estridencia,
a “La Blanqueada” sólo le queda su fabuloso anecdotario
y al Puente (con mayúscula),
cruzado por un apuro obrero de color metalúrgico
apenas si le miran su portentosa herrumbre.

Pero aún hay mucho sur; la afirmación del barrio:
los vecinos tempranero que barren la vereda,
parroquianos de los boliches lentos que mienten su truco,
beben pausadamente un vino memorioso
y aman a los gatos anónimos que nocturnan los techos.

Todos quieren su cielo
con una pasión por Buenos Aires que hay que ver.
El domingo los reúne la feria de pájaros
y acaso alguien recuerde
un pasado de lunas que se dormían sobre el terraplén.

Pompeya, Puente Alsina, Riachuelo de pesadas aguas,
mi aventura de siesta cuando hasta vos llegaba
desde mi patria chica que era el barrio de Almagro.

Todos le deben algo a tus atardeceres.

Tu gente te respeta y te profesa ese amor
hecho de la misma materia con la que se hace el alma.
Te quiero con la locura empecinada
que tengo por cada ladrillo ciudadano,
y casi tanto como a Boedo, que ya es mucho decir.




ODA MÍNIMA AL ÚLTIMO YUYITO  DE UN CORDÓN, EN BELGRANO

Levanta
cinco centímetros escasos
de verde temblequeante
entre el cordón y una baldosa
en una calle de tránsito insolente
–¿Moldes, Sucre, Echeverría?–

Nadie repara en su presencia
y el sol
apenas si le frota calor
cuando los autos no le enfrían de sombra
su poquita estatura,
al yuyito anónimo
que creció solitario entre bocinazos y hollín,
para recordarnos
que este cemento
no es de siempre,
que por aquí no más ayer era la pampa...




PARQUE DE LOS PATRICIOS

Parque de los Patricios,
donde el aire tiene un aire de familia
y el sol entibia las manos de Monteagudo
y de los jubilados
que añoran el trole del 16
hacia Grito de Asencio y Almafuerte,
el duro olor de los corrales viejos
y el mítico clavel del cuarteador
marchito en un coraje de cuchillos.

Parque de los Patricios,
todavía los ángeles dueños de las cornisas
custodian tu nombre
y hacen que reverdezcan los septiembres
para iluminar la primavera:
ayer uno de ellos me espiaba
desde la esquina de Arriola y Patagones.




TURISTAS

En San Telmo descorren los telones
que falsos escenógrafos decoran
y en la plaza Dorrego se enamoran
de dudosa armadura sin blasones.

Cualquier ladrillo viejo los conmueve,
una apócrifa aldaba es casi llanto,
y en los inquilinatos dan espanto
piezas oscuras, techos que se llueven.

Muchos boliches para los turistas.
Un baño escaso para diez familias.
Y los pibes descalzos tipical.

Al pie de un micro un guía pasa lista.
Ya han llenado sus Nikon con miserias
de este barrio que sufre y vive mal.




AL ALMACÉN Y DESPACHO DE BEBIDAS “EL TIGRE”
QUE ESTABA EN MAZA Y AGRELO

a Oscar Bulzomí

Del almacén que había en esta esquina,
de su truco mentido, su ginebra,
guardo nostalgias que el recuerdo quiebra
contra cualquier cordón, y no termina
de dolerme en lo mínimo si dejo
irme por los fantasmas de las cosas:
la foto de la Quilmes y la rosa
tatuada en el cristal del ancho espejo,
o la pálida luz que se astillaba
sobre los bordes de cachuzos vasos
embriagada del vino que habitaba.
Pero este viento-hoy, pese a algún llanto,
desparramó el ayer a manotazos,
igual que a los porotos de los tantos.




CARBONERÍA DE CRÁMER AL 1700

a Rubén Chihade

Creo que no hay más, o quedan pocas
carbonerías como esta
que permanece casi por olvido
entre edificios con mínimas cocinas
donde el carbón no ardió nunca.

En su interior resalta el cobre vivo de redondas cebollas,
destaca la plata del ajo su ortodoxa trenza,
hay un olor caliente de imperceptible carbonilla
y una báscula donde quién no pesó su infancia.

Esta carbonería que no es de mi barrio
es como si lo fuera,
porque hubo un pibe que compró una mañana
–cuando yo era otro pibe–
el poco de carbón que alimentaba
con su estallido y su chisporroteo
el fuego donde una madre cocinó
con más amor que carne había en la olla.

A esta carbonería –a la vuelta del puente–
un día no la veremos más.
Para entonces, de entre sus escombros,
con un terror de espanto en sus alas en vuelo
huirá de las orugas del omnipotente Cartepillar
el fantasma de nariz tiznada que habitó sus rincones.




PATIO

(Mañana)

Los ruidos de vivir amanecían temprano,
llenaban el patio con un fragor caliente
de gente que prepara su asalto a la esperanza.

Cada cual a su oficio de empatarle a la vida:
los padres con sus manos a acercar el futuro,
las madres con sus cosas de armar lo cotidiano,
atrás venían los chicos con barullos más grandes
inventando algún juego con maderas y latas
camino a los mandados mascullando el desgano.


(Mediodía)

A la media mañana el aire se impregnaba
de un aroma nacido en todas las cocinas
invasor de las piezas, todas casi ordenadas:
los muebles sacudidos ya tendidas las camas.

Al filo de las doce irrumpían sobre el hule
el sifón, rotundo y traspirado
con su alegría azul de burbujas picantes,
el áspero sabor del vino suelto,
y el suculento guiso que en los platos humeaba.
(Siesta)
Una fruta en la mano, cartera en bandolera
partían a la escuela los gritones del patio.
Diez minutos más tarde, un contrapunto
de ollas y cacerolas en el piletón desafinaban.

Después la plancha alisaba la ropa y el silencio:
la novela de las tres empezaba.
De vecina a vecina se pasaban un mate,
un plato con buñuelos y el chimento infaltable.

Guardapolvos con hambre a las cinco arrasaban.


(Noche)

Previa escala en la pausa del estaño esquinero
regresaban los hombres del amor y el esfuerzo,
y llegaban puntuales al ritual de la cena:
reunidos comentaban fragmentos de la vida.
Después, sin mucho más, los chicos a la cama.
Si vencían el cansancio los padres esperaban.

De alguna pieza a oscuras, un jadeo de dos
hacia el patio escapaba. El silencio
les entornaba los párpados a la última lámpara.

Había cita de gatos en los techos,
algún perro ladraba...




8 IMAGENES 8

“BARRA”

En la esquina
los que hoy no están.
El buzón convocaba.


CHICO DEL SUBTE

La estampita de la miseria
sobre la rodilla de la culpa.


MALEVO MUERTO

Sangre
de
luna
junto al farol.


CITY

Corazones ajados
agonizan
en bolsillos tintineantes.


OBELISCO (I)

En medio de la calle
–porteño incorregible–
para que vean todos.


OBELISCO (II)

Frente y perfil porteños.

Identikitde Buenos Aires.


TAPIAL

Sobre vidrios quebrados
la tarde despenó
su sol
más rojo.


CHACARITA

Inquilinato horizontal.
Desporteñadero.
(Otros
pagarán mis expensas.)




LEJOS DE CASA

En este viejo piso de Voltaire
acumulo la riqueza a la que aspiré:
un alto ventanal con lluvia en el tejado,
armonía y silencio
para pulir palabras nacidas de la vida en bruto,
Beethoven que me acompaña alguna que otra tarde,
la penumbra que elijo a cierta hora,
los recuerdos que invaden más de lo imaginado.

Aunque me falten cosas todo está bien así:
los pies en París, el corazón en Buenos Aires.




IDENTIDADES

Me dijo que era parisiense,
que además –puso énfasis en esto–
había nacido en pleno corazón de Montmartre;
y me miró, como quien dice envido.

Con treinta y tres de mano
pero cordialmente –como corresponde a un argentino–
le dije de mi cielo-Buenos Aires,
dejé caer que era porteño,
para más datos me deschavé de Boedo.

Estábamos a mano.
Podíamos empezar a entendernos...




DESPUES DE VARIOS DIAS

Desde París te extraño
con la melancolía
que tienen las botellas a medio terminar
y me envuelve el temor
de olvidar tus esquinas.

Qué locura, ciudad,
cómo sufro pensándote de otros,
no sólo ahora
que me encuentro lejos,
sino no bien traspaso la General Paz.

¿Habrá otro reo que te quiera más?




PIEDRA LIBRE

Cuando viajando el cielo
me encuentre
más cerca de mi cielo, Buenos Aires,
desde la ventanilla del avión voy a buscarte
como jugando a las escondidas.
No bien te descubra canto piedra libre,
toco pared
y no hay sangre que valga.



EXTRAÑO SEPTIEMBRE

Te extraño primavera
al no verte iluminar mis verdes preferidos,
sé que estás en el aire de esas tardes
con tu aroma a vientito de río
y tu alegría de muchacha estrenada de amor.

Te extraño primavera
por mis rincones apacibles de Coghlan,
emocionado por un romance prolijito por lo nuevo,
y tu savia que cierra heridas viejas.

Te extraño primavera
nacida allá, en mi Buenos Aires querido,
donde pese a no estar permanezco.



MI REINO POR UN CABALLO

Cualquier cosa por ver a mis amigos.
Por abrazar a mi padre.
Por caminar mi calle.
Por acariciar suavemente a mi gata.
Por hacer el amor con la que amo.




CAMBIOS/MODIFICACIONES

Desagotar el Sena, dejar fluir el Riachuelo.
Trocar los obeliscos: el de Plaza de la República
por el de Place de la Concorde.
Trasplantar el Botánico en el Jardín-des-Plantes.
En Place Furstemberg meter apretada toda Butteler.
En Notre-Dame la iglesia de Pompeya.
En el Pont de Tolbiac el puente Avellaneda.
Constitución en la Gare de l’Est
.Retiro en la Gare du Nord.
Barracas en Batignolles.
Honduras a lo largo del boulevard Voltaire.
El verde primavera de Figueroa Alcorta
sobre el dorado viejo de Champs-Elysée.
Quitar el Pont d’Iena, poner el puente Alsina.
Frente al Trocadéro el monumento a Alvear.
Corrientes nocturna en Saint-Germain.
Florida en la Rue de la Paix.
En los Jardins du Luxembourg (después de una lluvia)
un arco iris nacido en El Rosedal.
Boedo de punta a punta en Saint-Michel.

Y alguna cosas más
si decidiese quedarme para siempre en París.




BOEDO

Yo no vengo a hacerme la partida,
yo digo, no más, que soy de Boedo.
                              

Julián  Centeya

Estas calles son mi juventud y mis regresos,
esas esquinas mis furtivos encuentros
con el solitario aprendiz de poeta
que vaga todavía como un fantasma adolescente
por los techos de Colombres y México.

Sé que éste es mi sitio, por eso vuelvo
cuando sangro otoños hasta el verso
a dialogar de sombras con la sombra
desde la ventana del íntimo “Trianón”.

Cada piedra es amiga, es mío el silencio
que desciende del cielo, y el rocío de la noche
pone húmedos cristales de invierno a los faroles
como ayer los puso a mi tristeza.

Boedo: vieja imprenta “Floresta” en los fondos de Agrelo,
Alberto González y su urgencia porteña,
casa ocre de Marina y su calor amante,
hospital que me robó a mi madre,
poema de Mazliah,
lugar mío donde me está esperando
algún árbol amigo para morirme cerca.




MOMENTO DEL ‘56

Ya estoy viendo que esta noche
Vienen del Sur los recuerdos.

Jorge Luis Borges

Si miro atrás y busco cierto sonido,
un gesto que recuerdo preciso por San Juan y Liniers
acerca de un poema de Eluard que traduje
y una tarde de octubre Alberto Núñez hizo copias a máquina.
Digo si miro atrás en lo lejano
y trato de encontrarme en estos versos que no son aquéllos
y sin embargo se parecen, acaso porque fluyen de igual cauce,
debo decir que asumo la fugacidad de este momento
como la de los tantos vividos,
que no desentierro los huesos de otras horas
sino que continúo en la constante de este humano conocimiento,
gastando los latidos que apresuran mi vida.

Debo decir que comencé a escribir estas palabras casi con furia,
con el convencimiento secreto de vencerlas,
pero al decir: “Si miro atrás”, me consumió su fuego,
tal vez porque nombré la adolescencia que pasó,
que sin embargo en algún lugar arde,
aunque esté crucificada en un cruce de esquinas que es olvido,
y luces de mercurio velen tanta alegría
que llevé vestida de tristeza.



SONETO IMPERFECTO CON ESTRAMBOTE
AL TRANVÍA 55

Solía tomarlo en Boedo e Indepedencia
o en la esquina de Agrelo y 24,
cuando con Byron iba a Bellas Artes
donde solía casi estudiar de a ratos.

Venía desde Pompeya y sus baldíos
traqueteando hasta el cruce con Garay,
allí tomaba fuerza y repechaba
la cuesta de Tarija a nueve puntos.

Como si fuera poco, le faltaba
otra subida más a su regreso,
cuando encarando Tucumán arriba
cruzaba Alem como un fantasma viejo.

Un día descubrí que ya no estaba
mi adolescencia, su encanto secreto;
hasta el 55 me faltaba.

La estrella azul que desprendió su trole
ilumina el final de este soneto.

“TRIANÓN”/1

Boedo tiene una esquina que me desviste el alma,
donde no me es posible inventar otra historia.
Las cosas como son, sencillamente humanas:
a veces estar triste fue toda mi alegría.

Allí me suelo ver, solitario, en inviernos
de mínimas ganadas y máximas perdidas,
por este ser de nadie tratando ser de todos
ya tomada la curva de mi mitad vivida.

Pero está la poesía, ese íntimo oficio
de equilibrar la muerte, que no invada la vida,
y en esa mediaesquina de un sur dulzón y áspero
me dejo ser yo mismo. No importa si me espían.

Por eso alguna tarde, total, sin desesperos,
me sentaré a la mesa donde nace la lluvia
a esperar que ese basta que ronda la agonía
con su última sombra apague el fuego.


“TRIANÓN”/3 (O ANTI“TRIANÓN”)

Ni mesa renga ni mantel que cubra
como un sudario sobre al mármol frío
un recuerdo, un olvido, otros amores,
alguna espera: cosas que hoy son lo mismo.
Su ojo abierto desvela la ventana
tras cuyos vidrios neblinosos
encendía mi pipa en el crepúsculo,
me dejaba envolver de intimidad.

Apenas nada queda: una ochava,
ruina sobreviviente de otra edad.
Lo demás me es extraño; otro ámbito
donde por más que mire es inútil buscar
fragmentos que me guarden, una botella cómplice,
cucharitas gastadas, ceniceros golpeados,
o al menos una silla testigo: estuvo acá.

Pero el viejo “Trianón” está dentro de mí,
aunque hay un dolor firme, preciso, definido:
el de ser extranjero en mi propio lugar.



ODA A LA ESTATUA DE FLORENCIO SÁNCHEZ DE REGRESO 
A SU CRUCE DE ESQUINAS

No es el mismo lugar de otoño y primeros poemas donde te descubrió mi juventud:
el bulevar sombreado de veranos que ahora da gris de sombra a este recuerdo.

Veo tu bronce habitando Chiclana –adoquines más allá de mis citas–
enmarcado en los sienas cambiantes de mayo
contra los cielos lilas que caen hacia Deán Funes.

Cuánto contento nació esa mañana de mis ojos,
los mínimos ojales, los zapatos,
y se abrió en vuelo junto a los bisnietos de aquellos gorriones
que picotearon las migas de otro invierno
y descansaron después sobre tus hombros ateridos.

No es donde muere Oruro (donde estabas), pero me digo que es como si lo fuera,
porque al tocar tu traje metálico, ceñido, desprolijo,
de solapas levantadas entristecidas por el tiempo,
encontré a mi adolescente ensimismado al borde del peligro de soledad de la poesía
en tu mano quieta de finos y largos dedos, agónica sobre tu corazón.



MUTIS POR EL FORO

Cuando partí a buscar mi adolescencia
más que pronto volví, desesperado;
la hallé y la traje, intacta.
Ahora la guardo viva, silenciosa,
pura como una estatua
junto a mi maduro corazón,
hasta que el verde del último semáforo
nos dé paso,
abra mi última calle
por la que nos iremos, ciudad, de tu paisaje.

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