24.4.07

SIN CABLE A TIERRA (2005)





















A MIS IGUALES

Ustedes, solitarios por elección, que conocen la diferencia entre estar solos y ser 
      soledosos;
que no confunden alegría por multitud ni silencio con no saber expresarse;
que no dudaron en matar al hastío porque siempre hay cosas por hacer 
y guardan las nostalgias en frasquitos que destapan cuando necesitan recordar y no 
       para que las tristezas los devore;
que aprendieron que el amor tiene más que esconder que mostrar, sin que esconder
       signifique avaricia ni mostrar darse  íntegros;
que blindaron su existir contra la mediocridad buceando en mundos interiores,
pero que no oponen resistencia cuando la vida los horada, los quema
      con los dardos de la realidad;
que han aprendido a decir no –muy a su pesar– luego de tantos sí desperdiciados;
que aun pudiendo responder con mentiras a la mentira dijeron la verdad y 

       los crucificaron con sus propias convenciones;
que saben que poesía puede ser tanto grito o palabra reflexiva a condición de 
      que nazca legítima desde lo verdadero;
que se niegan a dar a quienes no saben recibir, porque aquellos que sólo esperan 
      dádivas han anulado todo esfuerzo;
que de tanto apurarse llegaron antes pero mal y de este modo comenzaron 
       a valorizar la espera;
que se dieron a soñar “sueños posibles” después de dilapidar esfuerzos en

       sueños irreales;
que no renunciaron al hombre nuevo por más que otros lo hayan traicionado;
que entienden que un siglo es sólo parte de la historia y no toda la historia,
y que hay que dar un paso atrás para dar dos pasos adelante.

Ustedes –únicamente ustedes– son mis iguales.




LEGADO

Voltear un árbol no significa haber talado el bosque,
quemar la copa no es matar la raíz;
el viejo tronco cae a tierra con su historia
pero los retoños han hecho suya la esperanza.

Las utopías reverdecen con nuevas fuerzas,
señalan con sus ramas jóvenes de futuro
a los traidores de la humanidad
que pretenden extender por decreto
el certificado de defunción de las ideologías.




SEGUIR CON NUEVO RUMBO

Con ojos viejos ver lo nuevo que amanece.
Con gastados dedos tocar lo recién florecido.
Con los oídos limpios del crepitar de otras hogueras escuchar el fluir de serenas aguas.
Con pies calientes de hollar caminos transitados pisar sendero virgen.
Con manos cerradas después de tanto abiertas nuevamente ofrecidas.
Con ventanas clausuradas con clavos del ayer despejadas a la luz de esta hora.
Con la esperanza que sobrevive entre desperdicios de incertidumbre.
Con los sentimientos, guardados como un avaro de sí mismo, jugados a una última carta.
Con el ser dos cubierto por el polvo del olvido, ser uno más el otro, limpios de antes errados.
Con la vehemencia del deseo como una espada victoriosa.
Con el amor guardado en su estuche inviolable listo a usar encontrada la llave.
Con la premura juvenil derrotada por la madura adultez, consciente del valor de la espera 

      cuando menor es el tiempo que resta.
Con palabras duramente aprendidas que debieron olvidarse porque ya nada significan.
Con la certeza de lo efímero pero con voluntad de proseguir tras la permanencia.
Con alegrías y tristezas siempre a partes iguales; pero con sol, sangre a puños, y con vos.




*

La poesía es el vino del diablo.                                                                                 
San Agustín


Hay demasiada poesía inofensiva,
un exceso de palabra cáscara,
de versitos chatarra.
Falacias en líneas desparejas,
claves del círculo cerrado,
delectación de grupos áureos.

En tanto los que pudrieron el siglo ya muerto
se aprestan a infectar el que comienza.

Por cada hombre que grita, cien cayeron.
El cambio que no fue merece un nuevo intento.

La voz del poeta debe empujar con todos,
vibrar enraizada en su tiempo.

Despierte la poesía como espada,
piedra filosa,
dientes en el alma.




*


Por cada niño de country cerca de algún sueño,
diez chicos de la calle aspiran pegamento.

La alambrada,
segura para el que juega adentro,
infranqueable para el que sufre afuera,
pese a sus férreas púas sólo es ficción.

Ellos no lo saben.
Sólo los adultos duermen con un ojo abierto.




LLUEVE

Clava puñales de odio líquido el agua
en las paredes de cartón.
Los destechados muerden lluvia.

Mientras los míos están a buen cobijo,
sin hacer nada me digo qué hacer,
cómo podríamos,
y amontono palabras inservibles,
olvidados que nunca las leerán
mojar de frío su temblor,
asesinan lágrimas,
resisten la intemperie.



GORRIÓN DE SEMÁFORO

Con luz verde de apuro
limpia los parabrisas
de los mismos que ensucian su vida.

La moneda indiferente,
el gesto hosco,
son parte de la paga.

A este chico le extraviaron el niño,
le perdieron la infancia;
enmascara con sonrisas prestadas
la realidad que pisotea su lágrima.

A este pibe sin lápiz,
ausente en los recreos,
le condenaron todos los posibles,
menos el de su nada.

Cuando el vidrio refleja su pena
tiene ganas de matarse los ojos;
qué no daría por morder su desgracia.

Pero esto dura el tiempo del semáforo.

La luz roja lo tira a la vereda
hasta el próximo verde sin futuro.



EL VIEJO POETA

Con su antiguo bagaje
transita caminos nuevos.

Como ayer se adentró en solitarios senderos
a buscar su decir,
a aflorar sentimientos que habitaban sus vísceras,
a sacudirse y sacudir
con palabra emocionada,
con dolor –sí– pero con cuántas ganas.

Y aún entre tantos muchos
acompañado por su soledad,
el viejo poeta sigue yendo
–pese a estar de vuelta–
como un desafío del asombro,
jugado a un futuro que no verá pero sabe cierto
–pese a las contramarchas del hombre que tarda en aprender–,
cuestionándose todo
a un paso apenas de la nada.




DYSTOR

Tenía agujereados los bolsillos del alma
por donde perdía monedas de tristeza,
vuelto flaco de esa última vez
cuando compró un olvido y dos o tres ternuras.

Se metía en el bar como quien vuelve al útero;
rescataba del piano
los últimos colores de la luz del sonido,
fuego pálido que apenas lo entibiaba.

Pasó con urgencia de vida, de tormenta,
¿pero quién sobrevive sin tocar tierra nunca?

Un día descubrió la soledad en medio de su viento,
se fue con ella y lo perdimos.
Él, que era música,
se suicidó en silencio a ráfagas de alcohol.

Ahora que lo recuerdo tal vez esté tocando.



ALBERTO GONZÁLEZ

Te descubrí Conesa de nostalgia
con versos a destajo, un vino alto,
encumbrado, heridor, sobresaltado,
en equilibrio al borde de la nada.

El amor repartido entre dos barrios:
de Almagro con baraja y luz de estaño;
de Núñez, por extraña recalada.
Mas porteño cabal en lunas pálidas,
los nocturnados gatos en sordina
viajero de las últimas cornisas
sabían sonreírle a tus heridas.

Para sentirte vivo en tus zapatos
esquinaste el dolor a contraverso
nacido entre guitarra y madrugtada.

Un gris de tarde Balvanera y última
vaciaste el corazón, te diste el gusto:
compraste a la vida tu tiempo que faltaba
y le dejaste el alma de propina.




A RUBÉN CHIHADE

Justo vos, sin apuro para nada
–menos para junta esperas inservibles–
cerraste la vida de un portazo,
abriste el espejo a la nada
para mirarte ayer desde otro espacio.

La cosa no era así; te tomarías tu tiempo.
¿O no lo habíamos hablado?
Dueño de todos los permisos
te pegaste el faltazo a vos mismo,
desacompañaste a tu sombra.

Volvé a ser vos: desapurate.
¿Cuál es la urgencia?
El vacío no es más que espera acumulada.
Ahora ya lo sabés. Pegá la vuelta;
vení a desenviudarme la alegría.

Dale Rubén, un año es suficiente
para estar escondido en ningún lado.

Me corro hacia un costado de la vida,
le doy espaldas a las sombras
y en la pared de mi extrañeza cantame piedra libre.

Sacudite del alma la eternidad vacía,
sacate este silencio que no es de tu medida,
que no logro entenderte y me aprieta el no estás;
vestite de aquí estoy,
ponete un vino,
hablemos de los amores desprolijos
y de la prolijidad de los recuerdos,
de los 60 sin renunciamientos,
de “Bar-Lap” de la mesa acogedora,
los Martes de Poesía,
el Grupo de los Siete,
y el poema,
que aún después de escrito espina y duele.

Antes de apagar los asombros, como nos sucedía,
armemos algún plan irrealizable:
¿quién dice que tal vez no sea posible?



DEL AMOR

Nadie mete la mano en un frasco y extrae de allí el amor;
no es confitura envuelta en delicado papelito plateado.
El alto oleaje de la vida no escatima reveses
para probarnos lo contrario.

El amor posee características opuestas a las del agua;
encierra en su núcleo todos los colores del espectro
según la intensidad que uno vuelque en su centro.

Huele a pan recién horneado, o a fruta pasada
si se lo muerde sin experiencia o a destiempo.

Puede ser dulce empalagoso
o resultarnos de amargor más denso que la hiel.

Y es lo más parecido a las regiones sísmicas:
sus fallas son altamente inestables.




ENCONTRADOS

Somos los encontrados,
los que nunca se buscaron porque no se sabían,
los que no se sabían
porque el amor andaba con su allegro vivace
musicando la vida de los demás felices.

Pero él no supo de nosotros
hasta el momento del encuentro,
lugar preciso en tiempo y forma conjugados
–ninguno de los dos pudo preverlo–
para que coronara con delirio su búsqueda.

No se puede correr tras el amor,
serán intentos vanos;
no daremos con este escurridizo
que está en todos lados y en ninguno,
se reparte en fragmentos en cuanto nos rodea:
puede ser un susurro en voces que se alejan,
la brisa del perfume de alguien que ya ha pasado,
un ligero temblor en gestos que nos rozan,
o una vibración imperceptible en la mirada
puesta como al descuido sobre unos ojos que nos cruzan.

Sólo cuando al acaso, sin querer ni pensarlo
aparece ese otro al que no hemos buscado,
el amor se desfragmenta,
reúne lo vital,
su cuerda insensatez,
lo inusitado,
su tierno desparramo,
se corporiza y logramos tocarlo.

Es el amor entonces el que nos ha buscado;
el amor, sí posible, a condición de que antes
haya dos desconocidos encontrados.


*

No llegues nunca a meta alguna: mantente en el camino.
Si se diera tu arribo a donde lo quisiste porque grande fue el impulso,
con ese primer ímpetu que pusiste en tu empeño,
vuelve a partir, aunque debas desandar lo recorrido.
Adéntrate en senderos que marque nuevos objetivos.
Que tu repetición sea la interminable búsqueda
hasta consumir tu fragmento de luz en la tierra.




REPARACIONES

Si algo se descompone lo pruebo una vez
y otra vez más vuelvo a probarlo;
si no lo desnudo,
lo destripo hasta que lo compongo,
o lo desarreglo y no lo vuelvo a armar.

Así con todo:
con los transistores de la radio,
con algún libro desencuadernado y polvoriento,
con el mouse que se llena de pelusa,
la canilla que gotea,
el teléfono mudo;
si los reparo es Waterloo,
si no tienen arreglo no hay tragedia.

Con el amor procedo igual:
si anda mal,
si se le desactiva la alegría,
si se percude sin motivo
y no por falta de cuidado se le oxidan las sonrisas,
si ya no le funcionan los besos ni aun extremando las caricias
y hasta los silencios chirrían,
entonces lo desarmo,
ajusto los invisibles botoncitos que sirven para encender la vida,
aceito con cuidado los engranajes cotidianos
e intento componer algún fragmento de asombro que todavía no trituró la rutina
Si lo reparo lo echo andar hasta que dure,
si no va más, lo pongo en un poema-paquetito,
lo envuelvo con tristeza,
le hago un moñito de ternura y lo entierro en el alma junto a otros amores,
algarabías que fueron,
olvidados nombres,
antiguas emociones ya sin sacudidas,
marchitas ilusiones
y no pocos temores,
porque no dispongo de tiempo para insistir en lo imposible
ni me sobra lugar para amontonar cosas inútiles
que pesan demasiado para arrastrarlas por la vida.




VIEJOS RECUERDOS

Tengo más cajas repletas de momentos sin vida
que lugar donde archivarlas;
por eso algunos recuerdos
andan desparramados por el hoy;
a veces, al tocar cosas vivas,
no puedo evitar sus cuerpos fríos.

Necesitaría un rincón más amplio,
hacerme de más sitio
para guardar entonces,
casi olvidos,
muertos instantes,
pedacitos de alegrías que fueron.

Pensándolo bien,
sería más sano tirar todas las cajas.



65° ANIVERSARIO

Uno transita su camino sembrando aquí y allá,
recoge si el tiempo fue benigno,
vuelve a aventar semillas en la estación propicia,
aguarda esperanzado la nueva cosecha.

A veces, con frutos un tanto ácidos, recogidos con premura,
temerosos de la imprevista intemperie que puede marchitarlos,
alimentamos de distinto modo cuerpo y espíritu con igual fruición
después de templar esfuerzo y espera con similar paciencia.

Luego un día, casi sin darnos cuenta,
irrumpe el Tiempo en medio del camino –salido vaya a saber uno de dónde–
y nos pone 65 años encima, así como así, todos de golpe,
como veintitrés amonestaciones límite,
a un paso de ser expulsados del sitio de la humana reunión.

Y uno quisiera encomendarle al Tiempo
que le pregunte a la Vida si se trata de un premio o un castigo,
porque lo más grave que recordamos
es haberla vivido a destajo.

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